Mary Barton
Mary Barton De este modo, una vez más, el sueño de la señora Wilson volvió a interrumpirse casi de la misma manera que la ocasión anterior, como una pesadilla recurrente.
—¡Señora, señora! —la llamó alguien desde abajo.
De nuevo se trataba de un operario que iba aún más sucio que el anterior.
—¿Qué quiere? —preguntó malhumorada.
—Nada, solo que… —balbució el hombre, un tipo llano y amable sin demasiada imaginación pero muy compasivo.
—Vamos, hombre, diga de una vez lo que tenga que decir.
—A Jem le han surgido dificultades —dijo, repitiendo las palabras exactas de Jem porque no se le ocurrÃa otra manera de decirlo.
—¿Dificultades? —preguntó la madre con voz angustiada y aguda—. ¡Dificultades! Dios me ayude, las dificultades no se acaban nunca. ¿Qué quiere decir con dificultades? Hable de una vez, hombre. ¿Es que está enfermo? ¡Mi niño! DÃgame, ¿se ha puesto enfermo? —preguntó con voz asustada y atropellada.
—No, no, no es eso. Se encuentra bien. Lo único que me dijo es: «Dile a mi madre que me han surgido dificultades y no podré ir a casa esta noche».