Mary Barton
Mary Barton —¡Que no vendrá a casa esta noche! ¿Y qué voy a hacer con Alice? No puedo seguir cuidándola todo el tiempo. Tiene que venir a ayudarme.
—Ya le he dicho que no puede —dijo el hombre.
—¿Se encuentra bien y no puede? ¡Monsergas! Lo que pasa es que se ha vuelto como los demás jóvenes y quiere correrse una juerga. Pero yo le enseñaré.
El hombre dio media vuelta para marcharse, porque no se vio con ánimos de defender a Jem. Pero ella no se lo permitió.
Se puso en la puerta para impedirle el paso y dijo:
—No se irá hasta que me diga en qué anda metido. Está claro que usted lo sabe y antes de que salga usted de aquà yo también lo sabré.
—Ya se enterará, señora.
—Le digo que me pienso enterar ahora. ¿Por qué no puede venir y ayudarme a cuidar a su tÃa si sabe que esta noche no he podido pegar ojo?
—Bueno, ya que insiste —dijo agobiado el pobre hombre—: se lo ha llevado la policÃa.
—¡A mi Jem! —exclamó la madre, airada—. Es usted un mentiroso redomado. Mi Jem no ha hecho daño a nadie en su vida. Es usted un mentiroso, sÃ, señor.