Mary Barton
Mary Barton Luego volvió a reprocharse un poco el alivio que sentía al recordar que quien tanto la había acosado y perseguido no volvería a cruzarse en su camino y al imaginar la tranquilidad con que podría pasar ahora por las tiendas y esquinas donde él acostumbraba a esperarla. ¡Oh, corazón ansioso! ¿Acaso no había otro motivo de alegría en tu interior? ¿Es que no iba a ver y a oír a Jem? ¿No acabarían comprendiendo ambos el amor que se tenían?
Aprovechando el privilegio que le daba su amistad alzó despacio el pestillo. Jem no estaba en casa, pero vio a su madre cocinando alguna cosa junto al fuego. ¡Qué más daba! No tardaría en llegar; y, llevada por el deseo de cumplir con su deber haciendo cualquier cosa que tuviera que ver con él, se acercó sin ruido a la anciana, que no la oyó llegar, pues estaba medio distraída por el ruido burbujeante de la cazuela, pero sobre todo por sus tristes pensamientos y sus gemidos apenas audibles.
Mary se quitó el gorro y el chal a toda prisa, dio otro paso y anunció su presencia a la señora Wilson:
—Deje que yo lo haga. Debe de estar usted cansada.
La señora Wilson se dio la vuelta muy despacio y, al reconocer a su visitante, sus ojos centellearon como los de un animal enfurecido.