Mary Barton

Mary Barton

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Entonces rompió a llorar otra vez; y, cuando se cansó, volvió a pensar. ¡El patíbulo! ¡El patíbulo! Creyó verlo recortado contra una luz ardiente que la deslumbraba por más que cerrara los ojos. ¡Ay! Se estaba volviendo loca; y por un rato se quedó totalmente inmóvil, aunque las sienes le latieran con demencial violencia.

Por fin sobrevino un extraño olvido del presente, en el recuerdo del pasado, de aquellos días en que ocultaba el rostro en el regazo de su madre y oía tiernas palabras de consuelo por grande que fuese su tristeza; en que creía que el amor de su madre era demasiado poderoso para no durar eternamente; en que el hambre era (como para el niño desconocido a quien había ayudado esa tarde) algo en lo que pensar y que lamentar; en que Jem y ella jugaban juntos; él, con la condescendencia de un niño mayor, y ella con la inconsciente seriedad y el convencimiento de que ambos lo pasaban igual de bien con aquellas naderías; en que su padre era un hombre alegre y cordial, lleno de amor por su mujer y de compañerismo; en que (pues todo daba vueltas a lo mismo) su madre estaba con vida y Jem no era un asesino.




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