Mary Barton
Mary Barton ¡De pronto despertó! ¡Totalmente despierta! Un ruido la había sobresaltado. Se sentó, se apartó el pelo (todavía húmedo por las lágrimas) de las mejillas y escuchó. Al principio solo oyó los latidos de su corazón. Fuera todo estaba en silencio, pues era más de medianoche, tantas horas había pasado en su agonía; pero la luz de la luna se colaba por la ventana sin postigos e iluminaba la habitación con su frío y fantasmal resplandor igual que si fuese de día. ¡Oyó llamar suavemente a la puerta! A Mary se le encogió el corazón, como si estuviese a punto de tener una revelación espiritual; como si los muertos, que tan presentes habían estado en sus sueños, siguieran rodeándola y moviéndose a su alrededor con sus formas vagas y terribles. Y, no obstante, ¿por qué temerlos? ¿Acaso no la habían amado? ¿Y quién la amaba ahora? ¿No estaba lo bastante sola para dar la bienvenida a los espíritus de los muertos que la habían amado mientras estuvieron con ella? Si su madre era un ser consciente, su amor por su hija perduraría. Así que acalló sus temores y escuchó con atención.
—¡Mary, Mary, abre la puerta!
Un leve movimiento de Mary parecía haber indicado a quien esperaba fuera que estaba despierta y atenta. Era la voz de su madre, aquel acento del sur de Inglaterra que Mary recordaba tan bien y que a veces trataba de imitar con cariño cuando estaba sola.