Mary Barton
Mary Barton —¡Te pareces tanto a mi hijita, Mary! —exclamó Esther, fatigada de un asunto que no podía procurarle la menor satisfacción, y recurriendo, sinceramente, al recuerdo de la fallecida.
Mary alzó la mirada. De modo que su tía tenía hijos. Eso fue lo único que llegó a entender. Ni se le pasó por la cabeza el amor y la aflicción que podía sentir aquella pobre criatura; de otro modo la habría abrazado por muy culpable que fuese y habría intentado volver a unir los fragmentos de su corazón destrozado. ¡No!, nada de eso ocurrió. Así que su tía tenía hijos; estuvo a punto de preguntarle por ellos, pero, antes de que pudiese decir algo, otra idea se interpuso en su imaginación y volvió a dedicarse a la tarea de resolver el misterio del papel y la letra. ¡Oh, cuánto deseaba que se marchase su tía!
Como afirman quienes creen en el mesmerismo, la intensidad de un deseo, aunque no llegue a expresarse, puede conceder cierto poder sobre los demás, y Esther notó que no era bien recibida y que Mary deseaba que se fuese.