Mary Barton
Mary Barton Lo habÃa notado durante un rato, antes de tomar la decisión de marcharse. La tanto tiempo anhelada conversación con Mary la habÃa decepcionado; habÃa querido convencerla de su respetable matrimonio, pero en el fondo ansiaba y deseaba que la compadeciera por su verdadero destino. Pero habÃa fingido demasiado bien. Tal vez luego se alegrase, pero de momento su desolación y su desesperanza solo habÃan aumentado. Ahora debÃa abandonar su antigua casa, cuyas paredes y losas, por sucias y sórdidas que fuesen, conservaban para ella cierto encanto. DebÃa abandonar la morada de la pobreza por la mucho más terrible morada del vicio. DebÃa… marcharse.
—En fin, buenas noches, Mary. Ya veo que este papel está a salvo en tus manos. Pero, igual que me has hecho prometer que no se lo dirÃa a nadie, tienes que prometerme que lo destruirás antes de irte a la cama.
—Te lo prometo —respondió Mary con voz ronca pero firme—. ¿Entonces te vas?
—SÃ. Aunque también puedo quedarme, si quieres. Si crees que puedo servirte de consuelo —dijo con un atisbo de esperanza.
—¡Oh, no! —respondió Mary, que estaba deseando estar sola—. Tu marido querrá saber dónde estás. Uno de estos dÃas tienes que contarme toda tu vida. ¿Cuál has dicho que era tu nombre de casada?
—Fergusson —dijo melancólica Esther.