Mary Barton
Mary Barton —Señora Fergusson —repitió Mary casi sin darse cuenta—. ¿Y dónde dices que vives ahora?
—No te lo he dicho —murmuró Esther, y luego añadió en voz alta—: en Angel’s Meadow, en el 145 de Nicholas Street.
—Angel’s Meadow, en el 145 de Nicholas Street. Lo recordaré.
Cuando Esther se envolvió en su chal dispuesta a marcharse, Mary cayó en que habÃa sido frÃa y antipática con una persona que habÃa demostrado sus buenas intenciones al llevarle aquel papel (¡aquel horrible pedacito de papel!) y salvarla asà de… no acertaba a decir de qué la habÃa salvado. Y, deseosa de compensar su anterior indiferencia, se adelantó para besar a su tÃa antes de que partiese.
Pero, para su sorpresa, su tÃa la apartó con un gesto brusco y pronunció estas palabras:
—No. No debes besarme nunca. ¡Tú!
Salió rápidamente a la oscuridad de la calle y allà lloró larga y amargamente.