Mary Barton
Mary Barton Una vez conseguida la pistola, su padre la había cargado en casa y se la había llevado sin que se dieran cuenta los vecinos mientras Mary estaba fuera o dormida; luego debía de haberla ocultado en algún sitio para cuando la necesitara. Estaba segura de que no la llevaba encima la última vez que lo vio.
Intuyó que de nada servía especular sobre sus motivos. Sus actos se habían vuelto tan exaltados e irregulares en los últimos tiempos que era imposible razonar sobre ellos. Además ¿acaso no bastaba con saber que era culpable de aquel horrible crimen? El amor que sentía por su padre parecía regresar con un intensidad dolorosa, mezclado como estaba con el horror que le inspiraba el crimen. Su padre adorado, que había sido tan bueno, tan cariñoso, tan dispuesto a ayudar a cualquiera que lo necesitara, ¡un asesino! Pero en la desolación de los pensamientos que la rodeaban, en las áridas profundidades de un dolor que no osaba pararse a contemplar, manaba un pequeño manantial de consuelo en el que no reparó al principio, pero que pronto le infundiría fuerza y esperanza.
Este descubrimiento reforzó su necesidad de actuar.