Mary Barton

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Vio que había desempeñado su mejor abrigo antes de marcharse. Ahí estaba el viejo. ¿Qué crujió entre sus dedos al meter la mano en el bolsillo?

¡El papel! ¡Oh, padre!

Sí, un borde rasgado encajaba con el otro, letra a letra; incluso la parte que Esther creía que estaba en blanco coincidía con el otro trozo. Y luego, como si no fuese una prueba suficiente, volvió a registrarlo y encontró unas balas o posta (no sé cómo llamarlas) en el mismo bolsillo, junto con un paquetito de pólvora. Al ir a dejar el abrigo en su sitio, después de sacar el papel, las balas y las otras cosas, vio una caja de pistolas forrada de crin parecida a la que el lector habrá visto mil veces. Quiso examinarla más de cerca, pero no encontró nada que sirviera como prueba, así que cerró la caja y se sentó en el suelo a contemplar todos aquellos objetos, primero con una desesperanza que le daba náuseas, luego con una especie de curiosidad asombrada. ¿Cómo se las habría arreglado su padre para pasar desapercibido? Al fin y al cabo era fácil. Se había hecho con una pistola (¿de verdad sería la de Jem? ¿Sería su cómplice? ¡No, no lo creía! Él jamás planearía un asesinato. Y menos aún denunciaría a nadie sin antes advertirle, iba en contra de su naturaleza).


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