Mary Barton
Mary Barton La joven había reconocido aquel trocito de papel endurecido, brillante y grueso, como parte de la hoja en que ella había copiado los hermosos versos de Samuel Bamford unos meses antes… copiados (como recordará tal vez el lector) en la parte de atrás de una vieja tarjeta de san Valentín que le había enviado Jem Wilson en los días en que ella no atesoraba cualquier cosa que él hubiera tocado, como habría hecho ahora.
Le había dado los versos a su padre, que era para quien los había copiado, y a veces lo había visto leyéndolos, estaba segura de que no debía hacer ni quince días. Pero decidió comprobar que todavía conservaba el otro trozo. Tal vez… tal vez se los hubiese dado a algún amigo, y en ese caso el culpable sería otro, pues habría podido reconocer el papel en cualquier parte.
En primer lugar vació todos los cajones. Encontró varias cosas que habían pertenecido a su madre, pero no tuvo tiempo de examinarlas y tratar de recordarlas. Lo único que podía hacer era colocarlas con cuidado sobre la cama mientras arrojaba los demás objetos al suelo.
¡Los versos de Bamford no estaban allí! ¡Oh, tal vez los hubiera regalado! Pero… ¿y si se los había dado a Jem? Al fin y al cabo, la pistola era suya.
Y se puso a buscar con vigor redoblado en el baúl que le servía de asiento y donde se guardaba la ropa de los domingos de su padre, cuando podía permitírsela.