Mary Barton

Mary Barton

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—¿Qué es esto? ¿Me lo vais a decir?

—Más vale que me lo dé de una vez, señora Wilson, y deje que lo ponga donde no pueda usted verlo. Háblale, Mary, y dile que te lo deje ver; he intentado que me lo dé varias veces y no atiende a razones, pero me da no sé qué quitárselo por la fuerza.

Mary sacó un taburete de debajo de la cómoda y se sentó junto a las rodillas de la señora Wilson, cogió una de sus manos temblorosas entre las suyas y empezó a acariciársela; ella ofreció una leve —muy leve— resistencia, nada más; y en un instante, gracias a los movimientos nerviosos de la mano prisionera, el pergamino cayó al suelo.

Mary lo abrió muy despacio y, sin disimulos, lo dejó a la vista de aquellos ojos que lo miraban como hechizados y continuó acariciando a la señora Wilson.

—Lleva varias noches sin dormir —le dijo la joven a la señora Davenport—, y con tantos disgustos… no es de extrañar.

—¡Desde luego! —respondió la señora Davenport.

—Hay que llevarla a la cama, desvestirla y confiar en que Dios tenga la bondad de dejarla dormir, de lo contrario…

Tan lejos se hallaba el corazón de la señora Wilson que hablaban como si no estuviese con ellas.


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