Mary Barton
Mary Barton —Pero ¿la ve usted con fuerzas para viajar a Liverpool? —preguntó Mary todavÃa con el tono de ansiedad de quien quiere una respuesta concreta.
—¿A Liverpool…? Sà —replicó el médico—. Un viaje corto como ése no la fatigará demasiado y hará que se distraiga. Déjela ir… Le sentará de maravilla.
—¡Ay, señor! —dijo Mary casi entre sollozos—, esperaba que dijera usted que está demasiado enferma para viajar.
—¡Uf! —respondió él con un largo silbido, tratando de comprender el caso; pero, como bien habÃa dicho, no era un gran lector de periódicos y no conocÃa las razones que la joven podÃa tener para desear tal cosa—. ¿Por qué no lo ha dicho antes? ¡Desde luego, en su estado podrÃa perjudicarla! Los viajes siempre suponen un riesgo… las corrientes de aire y qué se yo qué más. Para ella podrÃa ser muy perjudicial. No recomiendo los viajes en casos como éste, en que el paciente está tan débil y agitado como la señora Wilson. Si quiere usted aceptar mi consejo, hará lo posible por quitarle de la cabeza la idea de viajar a Liverpool. —Le complacÃa tanto acceder a los deseos ajenos que habÃa cambiado totalmente de opinión sin darse cuenta.