Mary Barton
Mary Barton —¡Oh, señor, gracias! ¿Me extenderá usted un certificado diciendo que no puede viajar? Lo digo por si lo pide el abogado. Ya sabe —prosiguió Mary al verlo tan perplejo—, el abogado que tiene que defender a Jem… la habÃan citado a declarar contra él…
—Mi querida niña —exclamó él casi con enfado—, ¿por qué no me ha explicado el caso desde el principio? HabrÃa bastado un minuto y yo no habrÃa tenido la comida esperándome todo este tiempo. Desde luego que no puede ir… SerÃa una locura. Si su testimonio fuese a servir de algo, la cosa serÃa diferente. Venga a buscar el certificado cuando quiera, siempre, claro, que el abogado se lo pida. Apoyo al abogado, déjese aconsejar por dos profesionales eruditos… ¡ja, ja, ja!
Y, riéndose de su propia broma, se marchó dejando a Mary recriminándose su propia estupidez por haber imaginado que todo el mundo estaba tan al tanto como ella de los detalles del juicio; pues en ningún momento habÃa dudado que el médico conocÃa el motivo del viaje a Liverpool de la pobre señora Wilson.
Luego fue a ver a Job (mientras la siempre complaciente señora Davenport cuidaba de las dos ancianas) y le explicó sus temores, sus planes y lo que habÃa hecho.
Para su sorpresa, el anciano movió la cabeza dubitativo.