Mary Barton
Mary Barton Dos procuradores estaban discutiendo los casos que se juzgarÃan en el tribunal; por supuesto, «el caso de asesinato», como lo llamaba todo el mundo, ocupaba un lugar central en la conversación.
No tenÃan la menor duda del resultado.
—Es cierto que los jurados son reacios a condenar a alguien basándose solo en pruebas circunstanciales —dijo uno—, pero en este caso no cabe lugar a dudas.
—Si no fuese un caso tan claro —replicó otro—, habrÃa dicho que no ha sido muy sensato llevarlo a juicio tan pronto. Antes tendrÃan que haber reunido más pruebas.
—Me han contado —dijo el que habÃa hablado primero—, y han sido los procuradores de Gardener, que no lo han retrasado por miedo a que el anciano caballero perdiera la razón. El sábado fue a ver siete veces a Gardener, y luego volvió por la noche para sugerirle que escribiesen alguna carta o hiciesen algo para garantizar el veredicto.
—Pobre hombre —respondió su compañero—, no es de extrañar… Su único hijo… y morir asÃ. En esas circunstancias. No tuve tiempo de leer el Guardian el sábado, pero tengo entendido que fue una disputa por una empleada de las fábricas, ¿no?
—SÃ, algo por el estilo. Por supuesto, la interrogarán, y Williams se lucirá. Si puedo escaparme un rato de mi sala iré a escucharlo.