Mary Barton

Mary Barton

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A pesar de lo habitual que se ha vuelto en todas partes el ferrocarril como medio de transporte, y sobre todo en Manchester, Mary nunca había subido a ninguno; y se sintió intimidada por la velocidad, el ruido de la gente, los timbres y las sirenas; y por los chirridos de los trenes al llegar a la estación.

El viaje en sí también le pareció algo extraordinario. Se había instalado en un asiento trasero y contempló las chimeneas de las fábricas, y las nubes de humo que se ciernen sobre Manchester, con un sentimiento muy parecido a la heimweh[95]. Estaba perdiendo de vista por primera vez las cosas con las que estaba familiarizada desde la infancia; y, por desagradables que puedan parecerles a la mayoría, las añoraba con la misma sensación que vuelve patéticos los pensamientos de los emigrantes.

¿Qué significaban para Mary, cuyo corazón estaba tan angustiado por las preocupaciones, las sombras de las nubes que tanta belleza dan a Chat-Moss, o las pintorescas casas antiguas de Newton? Parecía contemplarlas muy seria a medida que pasaban de largo, pero, en realidad, no veía ni oía nada.

No vio ni oyó nada hasta que llegaron a sus oídos algunos nombres bien conocidos.


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