Mary Barton

Mary Barton

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Al principio, Mary se había temido que el otro invitado fuese el sobrino de Alice, pero ella era demasiado discreta para organizar un encuentro, incluso para su amado Jem, si la otra parte no estaba interesada; y Mary, una vez aliviadas sus aprensiones, aceptó ir con ella. ¡Qué atareada estuvo Alice! Pocas veces tenía invitados a tomar el té. Corrió a casa y encendió con dificultad el fuego tras pedir prestado un fuelle para que prendiera más deprisa. Cuando lo encendía para ella siempre tenía más paciencia y dejaba que los carbones se tomaran su tiempo. Luego se calzó los zuecos y fue a buscar agua a la fuente de la plazuela de al lado, y de camino pidió prestada una taza; tenía muchos platillos desparejados, que utilizaba como platos si lo requería la ocasión. Doscientos gramos de té y cien de mantequilla equivalían al salario de una mañana, pero ésa era una ocasión especial. Por lo general, ella se contentaba con infusiones de hierbas cuando estaba en casa, a menos que alguna señora considerada le regalara unas hojas de té de su bien provista despensa. Sacó las dos sillas de los invitados, les quitó el polvo y las cepilló; colocó un viejo tablero sobre dos cajas de velas, cada una en un extremo (un tanto inestable, sin duda, aunque ella conocía bien aquel asiento y sabía cómo sentarse en él; de hecho servía más para dar una aparente dignidad que para estar verdaderamente cómodo); puso una mesita redonda muy pequeña junto al fuego que ardía ya alegremente; colocó sobre su vieja bandeja sin lacar de tercera mano la tetera negra, dos tazas con un diseño rojo y blanco y una con el antiguo y conocido diseño de unas hojas de sauce, y unos platillos desparejados (en uno estaba la provisión extra de mantequilla); concluidos aquellos preparativos, Alice miró satisfecha a su alrededor y se preguntó qué más podía hacer para que la tarde resultara agradable. Cogió una de las sillas que había junto a la mesa, la acercó al enorme estante del que ya hablé al lector cuando describí el sótano en el que vivía, se subió a ella, tiró de una vieja caja de madera y sacó un poco de pan de avena del norte —el pan de salvado de Cumberland y Westmoreland—, bajó con cuidado con las finas rebanadas amenazando con hacerse pedazos en sus manos y las dejó sobre la mesa convencida de que sus invitadas disfrutarían comiendo el pan de su infancia; sacó también una hogaza de dos kilos y se sentó a descansar, pero a descansar de verdad, no a fingir que lo hacía, en una de las sillas de asiento de mimbre. La vela estaba preparada para encenderla, el agua hervía, el té aguardaba su destino en su paquetito de papel: todo estaba dispuesto.


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