Mary Barton

Mary Barton

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Había olvidado (o tal vez no quisiera recordárselo a Mary) que el mismo viento que empujaba rápidamente el bote sería favorable para el John Cropper.

Pero, mientras aguzaban la vista para medir la distancia que los separaba, vieron cómo los del barco largaban velas y cómo éstas aleteaban al viento hasta que se hincharon, blancas y redondas, y el John Cropper empezó a cabecear como un animal impaciente por partir.

—¡Están levando anclas! —le dijo un barquero al otro al oír, sobre las aguas que todavía los separaban, los gritos vagamente musicales de los marineros.

Excitados por la persecución, aunque desconocieran todavía los motivos de Mary, los hombres izaron otra vela. Era lo más que podía resistir aquel bote bajo el fuerte viento racheado de levante que soplaba entonces y empezó a cabecear, a dar pantocazos y a soltar quejosos crujidos al límite de sus fuerzas; aun así, salió disparado a toda velocidad.

Se acercaron y oyeron el lejano «¡Levad!» con más claridad. Luego cesó. La nave había levado anclas y se había hecho a la mar.

Mary se puso en pie, se apoyó en el mástil y tendió los brazos implorando, con este gesto mudo, a la embarcación que se detuviera mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Los hombres alzaron los remos y gritaron para llamar la atención.


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