Mary Barton
Mary Barton La verdad era que Mary se estaba vistiendo; sí, hasta para ir a ver a la pobre Alice se tomaba la molestia de considerar qué vestido se ponía. No lo hacía por Alice, claro; no, ambas se conocían demasiado bien. Pero a Mary le gustaba causar buena impresión, y hay que reconocer que casi siempre lo conseguía, y estaba esa otra invitada a quien no conocía. Así que se puso un bonito vestido nuevo de lana merino, cerrado hasta la garganta y con el cuello y los puños de lino, y salió dispuesta a impresionar a la pobre y dulce Margaret. Y desde luego lo logró. Alice, que no concedía demasiada importancia a la belleza, no le había dicho a Margaret lo guapa que era Mary; y, cuando ésta entró un poco ruborizada e insegura, Margaret no pudo quitarle los ojos de encima y la joven bajó las largas pestañas como si le disgustaran esas miradas que se había tomado tantas molestias en atraer. ¿Imagina el lector el ajetreo de Alice para preparar el té, para servirlo y endulzarlo a su gusto y servirles el pan de avena y la mantequilla? ¿Imagina con qué placer vio cómo las jóvenes hambrientas daban cuenta del pan y escuchó cómo alababan aquella exquisitez de su añorado hogar?