Mary Barton

Mary Barton

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—Sí, desde luego, ¡pobres desdichados! Que Dios tenga piedad de ellos cuando descubran su error.

Job no tardó en cansarse de estar sentado y se puso en pie y empezó a deambular junto a la puerta y a la ventana, como un animal ávido de libertad. Estaba muy oscuro, pues aún no había salido la luna.

—Váyase a la cama —le dijo a la viuda—; mañana necesitará usted todas sus fuerzas. Jem se llevará un buen disgusto si la ve tan abatida como esta noche. Volveré a salir e iré a buscar a Mary. A estas horas ya tiene que haber regresado. No tenga miedo, cuando vuelva se lo contaré todo. Pero ahora váyase a la cama.

—Es usted un buen amigo, e iré a acostarme como dice. Pero ¡no olvide venir a verme en cuanto encuentre a Mary! —dijo la señora Wilson en voz baja, pero muy tranquila.

—¡Sí, sí! —replicó Job saliendo de la casa.

Fue primero a las habitaciones del señor Bridgenorth, donde pensaba que Will y Mary podían estar esperándole.

Sin embargo, no estaban allí. El señor Bridgenorth acababa de volver y Job subió sin aliento las escaleras para preguntarle por el caso.


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