Mary Barton
Mary Barton «¡Ay, Dios! —musitó Job para sus adentros mientras se dirigÃa a regañadientes a la puerta del dormitorio—. ¿Quién sabe si una mentira piadosa será un pecado en esta situación? Tal vez le permita dormir y, si las cosas salen mal mañana, no dormirá en muchas noches. En cualquier caso, lo intentaré».
—¡Job! ¿Está usted ahÃ? —repitió la señora Wilson con una trémula impaciencia que se advertÃa hasta en el último matiz de su voz.
—¡SÃ, claro! CreÃa que a estas horas estarÃa usted dormida.
—¡Dormida! ¿Cómo quiere que esté dormida sin saber si han encontrado a Will?
«Vamos allá», se dijo Job. Luego añadió en voz alta:
—¡No se preocupe! Lo han encontrado, está a salvo y dispuesto a declarar mañana.
—Y demostrará lo que es necesario para salvar a mi pobre muchacho, ¿verdad? ¿Testificará que Jem se encontraba con él? ¡Oh, hable, Job! ¡Cuéntemelo todo!
«Te condenan igual por un penique que por una libra —pensó Job—. Una oración puede compensarlo todo. De todos modos ahora tengo que seguir».
—SÃ, sÃ. Puede demostrarlo y Jem saldrá libre como un bebé que aún no ha nacido —gritó a través de la puerta.