Mary Barton
Mary Barton Oyó moverse a la señora Wilson y al instante adivinó que estaba de rodillas, pues oyó su voz temblorosa dando gracias y alabando al Señor e interrumpiéndose de vez en cuando con sollozos de alivio y agradecimiento.
Mientras Job escuchaba, ella terminó sus oraciones.
—¿Y Mary? ¿La encontró usted en casa de la señora Jones? —dijo.
Job soltó un profundo suspiro.
—Sí, estaba allí sana y salva.
«Dios me perdone —murmuró—, ¿quién iba a decirme que a la vejez iba a convertirme en mentiroso?».
—¡Bendita sea! ¿Está aquí? ¿Por qué no viene a la cama? Seguro que le hace falta.
Job apartó los escrúpulos que le quedaban y respondió:
—Estaba un poco fatigada del viaje y la señora Jones le pidió que se quedara allí a pasar la noche. Está muy cerca de los juzgados, donde tiene que presentarse por la mañana.
«Cada vez resulta más fácil —gruñó Job—. El padre de las mentiras[102] debe de estar ayudándome, porque ahora me salen de forma tan natural como la verdad. Menos mal que ha dejado de preguntarme. Más vale que me vaya antes de que Satán y yo volvamos a empezar».