Mary Barton

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Cuanto más pensaba en esa desdichada situación de unas personas tan ligadas por intereses comunes como siempre serán los patronos y sus empleados, más ganas tenía de dar voz al sufrimiento que de vez en cuando se abate sobre esas personas mudas y a su agonía al ver que no despiertan la compasión de quienes son felices, o al creer erróneamente que ése es el caso. Si es un error que los pesares que afligen de forma tan regular como las mareas a los obreros de nuestras ciudades industriales pasen desapercibidos para todo el mundo menos para ellos, se trata en todo caso de un error de consecuencias tan amargas que cualquier esfuerzo público que pueda hacerse para desengañar a los pobres de un prejuicio tan desdichado, por medio de la legislación y de iniciativas individuales expresadas con actos compasivos o muestras de amor desesperado como el de la oferta de la viuda[3], debería ponerse en práctica cuanto antes. Por ahora, mi impresión es que han dejado a los obreros en un estado en que las lamentaciones y las lágrimas se dejan de lado por inútiles, y en que los labios se aprietan para maldecir y los puños se cierran dispuestos a golpear.

Nada sé de economía política o de teorías de comercio. Me he esforzado en escribir con sinceridad y, si mi relato coincide o choca con alguna de esas teorías, la coincidencia o el choque no han sido intencionados.


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