Mary Barton

Mary Barton

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»Puede que no seas buena —murmuró para sí la anciana—. Aunque seas tan guapa, casi me siento tentada de dudar de ti. ¡Bueno, bueno…! Las malas siempre acaban con el corazón destrozado; las buenas personas no se hunden de esa manera y siempre tienen fe en el Señor; son las pecadoras las que soportan ese amargo pesar en sus corazones destrozados, pobrecillas, hay que compadecerlas y ayudarlas más que a nadie. Sea quien sea, no saldrá de casa esta noche, ni aunque fuese la peor mujer de Liverpool. Ojalá supiera dónde la encontró ese viejo gruñón, vaya que sí.

Mary oyó débilmente aquel soliloquio y quiso tranquilizar a su anfitriona con frases que apenas le salían.

—No soy mala persona, señora. Su marido me llevó en su bote en busca de un barco que acababa de zarpar. En él viajaba un hombre que mañana podría salvar una vida en los juzgados. El capitán no le dejó acompañarnos, pero nos dijo que volvería con el bote del práctico.

Rompió a llorar al recordar cómo se habían ido desvaneciendo sus esperanzas, y la anciana trató de consolarla empezando por su acostumbrado:

—Bueno, bueno, seguro que volverá. Estoy segura. Sé que lo hará. Así que arriba esos ánimos. No te angusties más. Seguro que volverá.


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