Mary Barton

Mary Barton

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Poco después llegó el anciano, más hosco y gruñón que cuando se marchó. Apartó de una patada los zapatos secos que le había preparado su mujer y respondió con aspereza a todo lo que le decía. Mary pensó que se había enfadado al verla todavía allí e hizo acopio de fuerzas para marcharse. Pero se equivocaba. Al cabo de un rato, el barquero se puso a mirar el fuego y dijo:

—¡Tienen el viento en contra!

—¿Ah, sí? —dijo la mujer, que lo conocía bien y sabía que su hosquedad se debía a la compasión que trataba de ocultar—. Bueno, bueno, de noche el viento cambia a menudo. Todavía falta mucho para que amanezca. Te apuesto un penique a que ya habrá cambiado desde que fuiste a comprobarlo.

Se asomó por la ventana para ver una veleta que tenían cerca y que brillaba a la luz de la luna; y, como buena mujer de marinero, reconoció al instante el indicio desfavorable de su apariencia inmóvil, soltó un largo suspiro, volvió al cuarto y empezó a buscar otro modo de consolar a su huésped.

—¿No hay nadie más que pueda demostrar mañana en el juzgado eso que tanto deseas? —preguntó.

—¡No! —respondió Mary.

—¿Y no tienes ni idea de quién pueda ser el verdadero culpable?

Mary no respondió pero se puso a temblar como una azogada.


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