Mary Barton
Mary Barton Sturgis lo notó.
—Deja de incomodarla con tus preguntas —le dijo a su mujer—. Lo que tiene que hacer es irse a la cama, está destemplada del aire del mar. Yo me ocuparé del viento y de la veleta, qué demonios. Cuando cambie, la marea los ayudará.
Mary subió al piso de arriba murmurando su agradecimiento y sus bendiciones para los que acogÃan asà a una desconocida. La señora Sturgis la llevó a un cuartito impregnado de mar y tierras lejanas. HabÃa una camita para un hijo que se habÃa embarcado rumbo a la China; y una hamaca colgada encima para otro que estaba surcando las olas del Báltico. Las sábanas parecÃan hechas con lona de velas, pero estaban limpias a pesar de su color marrón.
De la pared colgaban dos toscos dibujos de barcos con los nombres escritos debajo, que la madre observó hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero se las enjugó con el dorso de la mano y le aseguró a Mary en tono alegre que la cama estaba limpia.
—No puedo dormir, gracias. Me sentaré aquÃ, si no le molesta —dijo la joven, desplomándose en una silla que habÃa junto a la ventana.