Mary Barton
Mary Barton —Vamos —dijo la señora Sturgis—, mi marido ha dicho que te acompañara a la cama y eso es lo que pienso hacer. ¿A qué seguir despierta? Por más que la mires, una cazuela no hervirá, y veo que quieres ver la veleta. Vamos, yo siempre procuro no mirarla o no podrÃa hacer ninguna otra cosa. Muchas veces se me encoge el corazón cuando se levanta viento, pero no hago caso, sigo trabajando, intento no pensar en el viento y ocuparme de mis cosas.
—Déjeme seguir un rato despierta —le imploró Mary, viendo que su anfitriona parecÃa tan decidida a verla en la cama. Sus miradas le permitieron salirse con la suya.
—Bueno. Pero cuando baje me reñirá. No estará tranquilo hasta que te metas en la cama; asà que, si quieres seguir despierta, tendrás que guardar silencio.
Y Mary se quedó toda la noche observando en silencio la veleta inmóvil. En la silla, con la mano sujetando la cortina que oscurecÃa el claro de luna, y con la cabeza apoyada en el marco de la ventana, miraba tan fijamente que acabó agarrotándose y los ojos empezaron a escocerle.
La sonrosada aurora asomó por el horizonte y tiñó la habitación de un rojo resplandor.
¡Era la mañana del dÃa del juicio!