Mary Barton
Mary Barton A las nueve se encontraron todos en el terrible lugar de la cita.
El juez, el jurado, el que reclamaba la deuda de sangre, el acusado, los testigos, se juntaron en el mismo edificio. Y también había muchos otros, interesados personalmente en el proceso aunque no formasen parte de él; allí estaban Job Legh, Ben Sturgis y, entre ellos, Charley Jones.
Esa mañana Job Legh había evitado cuidadosamente a la señora Wilson. De hecho, apenas la había visto pues se había levantado pronto para averiguar algo sobre Mary; y, viendo que no obtenía noticias, había decidido desesperadamente no desengañar a la señora Wilson, pues las desgracias, cuanto más tarde lleguen, mejor; y, si el golpe era inevitable, más le valía ignorar su inminente desgracia todo el tiempo posible. La mujer ocupó su lugar en el banquillo de los testigos fatigada y desanimada, pero no ansiosa.
Mientras Job se esforzaba por abrirse paso entre el gentío para entrar en el juzgado, el procurador del señor Bridgenorth le hizo una seña.
—¡Tengo aquí una carta de nuestro cliente!
A Job le dio un vuelco el corazón. No supo por qué, pero temió que fuese una confesión de culpabilidad que acabara con todas las esperanzas.
La carta decía lo siguiente:
Querido amigo: