Mary Barton

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Y ésa fue la noche que menos durmió. Estuvo dándole vueltas al caso y preguntándose si habría hecho todo lo posible para garantizar la condena de Jem Wilson. Casi lamentó la precipitación con que se habían llevado a cabo, a petición suya, los procedimientos previos, aunque tenía la sensación de que para él no habría paz en la tierra hasta haberse cobrado su venganza (no creo que utilizara el término «venganza» en sus pensamientos; hablaba de justicia y probablemente considerara como tal aquel final); hasta entonces no tendría paz ni de cuerpo ni de espíritu; y no hacía más que ir y venir por su dormitorio dando nerviosas e interminables zancadas como una fiera enjaulada; y, si obligaba a sus miembros doloridos a detenerse un instante, le daban unos calambres que eran casi convulsiones y volvía a ponerse a andar como si aquél fuese un mal menor y una fatiga más llevadera.

Con la luz del día aumentó su capacidad de acción; y fue a despertar a su abogado y a incomodarle con nuevas sugerencias y preguntas; luego se sentó, reloj en mano, a esperar que los juzgados abrieran sus puertas y empezara el juicio.

¿Qué eran los vivos —su mujer y sus hijas— comparados con el muerto, con el hijo asesinado que yacía todavía sin enterrar, según el deseo de su padre y su confesado propósito de ver sentenciado a muerte al homicida antes de entregar el cadáver a la tumba?


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