Mary Barton
Mary Barton —¡Muchacho! Si supieras lo que ha sufrido tu madre por ti no hablarÃas de dejarla justo cuando, por asà decirlo, te ha librado de la tumba. Pero, si esta misma noche me ha despertado y me ha dicho: «Job, disculpe que le moleste, pero, dÃgame, ¿estoy soñando? ¿Han declarado inocente a Jem? ¡Oh, Job, gracias a Dios que no ha sido solo un sueño!». Le cuesta entender que estés con Mary y no con ella. ¡SÃ, sÃ!, ya lo sé, pero una madre solo cede poco a poco el corazón de su hijo, y siempre a regañadientes. ¡No, Jem!, tienes que ir con tu madre ahora, si esperas contar con la bendición de Dios. Es viuda y solo te tiene a ti. ¡No temas por Mary! Es joven y saldrá de ésta. La gente con quien está son buenas personas, y yo cuidaré de ella como si fuese mi propia hija, que yace en su tumba en Londres. Te aseguro que también me costó mucho dejarla entre desconocidos. En mi opinión John Barton harÃa mejor cuidando de su hija que viajando con esos delegados por todo el paÃs, ocupándose de asuntos ajenos y descuidando los suyos.
A Jem se le ocurrió otra idea y un nuevo temor. ¿Y si Mary incriminaba a su padre?
—¡No ha parado de delirar! —dijo—. Se ha pasado la noche hablando de su padre y mezclando sus recuerdos con el juicio de ayer. No me extrañarÃa que acabara diciendo que habrÃa que juzgarlo.