Mary Barton
Mary Barton Si se presentaba ante ella cuando todavía la dominaba esta idea, ¿cómo prever las consecuencias?
Jem no podía, y no quería, exponerla a tan terrible posibilidad. Y, si debo expresarme con sinceridad, creo que pensaba que le pertenecía a él más que a nadie en el mundo, aunque llevara el sagrado nombre de Padre y ninguna culpa le hubiera hecho dejar de merecerlo, y quería protegerla de cualquier daño que pudiera sufrir en este mundo.
Si mi relato de los sentimientos encontrados y de las razones que pasaron por la imaginación de Jem mientras contemplaba la plazuela vacía en la que acababa de ver a aquella figura abatida ha confundido al lector, si se siente perplejo e incapaz de desenmarañar sus verdaderos motivos, puedo asegurarle que fue de ese mismo desconcierto de donde Jem sacó fuerzas para seguir adelante como si no hubiese visto a aquel hombre tan parecido al espíritu de John Barton, que era y no era él al mismo tiempo.