Mary Barton
Mary Barton No vio el rostro de sincera alegría y solemne agradecimiento, los puños cerrados, los ojos brillantes y el gesto impaciente y tembloroso de quien tanto había deseado verla despierta, y que ahora estaba detrás de las cortinas, observando a través de una rendija sus lánguidos movimientos; e incluso si hubiese vislumbrado aquel rostro enamorado y vigilante, habría estado demasiado exhausta para reparar en que aquel a quien tanto amaba estaba cerca y daba gracias a Dios por cada mirada lúcida que veía en su semblante.
Se durmió dulcemente sin que nadie dijera una palabra en esa media hora de indescriptible alegría. Y una vez más guardaron todos silencio entre signos y palabras susurradas, pero con miradas que revelaban bien a las claras sus esperanzas. Jem se sentó junto a la cama, sujetando la cortina y contemplando el rostro blanco y exangüe, cincelado como el mármol, como si nunca pudiera cansarse de mirarlo.
Ella volvió a despertar; sus dulces ojos se abrieron y se toparon con su mirada. Sonrió débilmente, igual que un niño cuando ve a su madre en la cuna; y siguió mirando el rostro de Jem con gesto infantil como si eso le procurara un gran placer. Pero, poco a poco, sus ojos fueron adoptando una expresión diferente, una mirada de recuerdo e inteligencia; su carne pálida se tiñó de un rubor sonrosado y con fatigosos movimientos trató de ocultar la cabeza en la almohada.