Mary Barton

Mary Barton

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Pero al cabo de un tiempo obtuvo su recompensa. El esforzado jadeo se convirtió en una respiración más suave y pausada, el gesto de dolor opresivo fue borrándose del rostro, y una languidez casi plácida reemplazó el sufrimiento. Durmió un sueño relajado; y todos salieron de puntillas y empezaron a hablar en voz baja y suave, apenas osando conversar, pese a lo mucho que deseaban expresar su gratitud.

Mary abrió los ojos. Su imaginación se hallaba en el tierno estado de un recién nacido. Estaba demasiado entretenida con los vivos colores del papel pintado que no llegaban a ser chillones y que suavizaba la luz tenue, y mirando divertida los diversos objetos que la rodeaban en la habitación —los dibujos de los barcos, los festones de las cortinas y las alegres flores pintadas en los respaldos de las sillas— para preocuparse por ninguna otra cosa. Le maravilló la bola de cristal llena de arena de diversos colores de la isla de Wight, o algún otro lugar parecido, que colgaba de una cenefa sobre la ventana. Pero no quiso preguntar nada, aunque vio a la señora Sturgis junto a la cama esperando darle un poco de té a cucharadas.




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