Mary Barton

Mary Barton

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La tonada con que se canta el poema es una especie de recitativo monótono, muy supeditado a la expresión y al sentimiento. Al leerlo, puede parecer humorístico, pero es un humor lleno de patetismo, y, para quienes han vivido las desdichas que describe, es una canción muy conmovedora. Margaret había conocido la pobreza y tenía sensibilidad para sentirla y además su voz era de las que no necesitan muchas palabras para hacerse apreciar. Alice disfrutó de sus lágrimas silenciosas. Pero Margaret, con la mirada fija, seria y soñolienta, parecía cada vez más y más concentrada en comprender las penas que había descrito y que en ese mismo momento podía estar sufriendo sin que nadie la consolara.

De pronto empezó a cantar a pleno pulmón con toda la fuerza de su magnífica voz, como una oración surgida del fondo de su corazón por todos los que sufrían, la noble súplica. «Acuérdate, señor, de David[9]». Mary contuvo el aliento para no perderse ni una nota de aquella voz tan clara, perfecta e implorante. Un músico más experto que ella habría guardado silencio, igual de admirado por la precisión científica con que la pobre, triste y joven zurcidora utilizaba su voz espléndida y flexible. La propia Deborah Travis (que trabajó en las fábricas de Oldham y luego llegó a ser tan aplaudida por la gente elegante cuando se convirtió en la señora Knyvett) la habría reconocido como su igual.


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