Mary Barton
Mary Barton Fue el dÃa más largo de su vida: ajena a todas las mudanzas y ocupaciones, las horas se le hicieron interminables, aunque posiblemente le sentara bien disponer de tanto tiempo, pues tuvo oportunidad de considerar su situación desde todos los ángulos y comprender que lo sucedido aquella mañana la habÃa dejado huérfana; y que se habÃa ahorrado asà las torturas que nos causa la muerte cuando acontece por la noche, justo antes de que, como de costumbre, nos vayamos a la cama. En tales casos, fatigados por la angustia y la noche en vela, el mismo dolor nos adormece antes de que tengamos tiempo de entender su causa, y luego despertamos con un agónico sobresalto como una puñalada y reparamos en el terrible vacÃo que no volverá a llenarse mientras dure este mundo.
El dÃa también trajo sus obligaciones a la señora Wilson, obligada por afecto, y por educación, a ir a visitar a su futura nuera. Y, por una antigua asociación de ideas (tal vez de la muerte con los camposantos y de las iglesias con los domingos), le pareció decoroso ponerse su mejor vestido, que hacÃa mucho que no se ponÃa, y se entretuvo aireándolo sobre un tendedero junto al fuego.