Mary Barton

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Hay hombres en Manchester que pasan desapercibidos incluso para algunos de sus habitantes, de cuya existencia probablemente dudarían muchos y que, no obstante, pueden reclamar su parentesco con todos los nobles nombres hoy reconocidos por la ciencia. Digo «en Manchester», pero están repartidos por todos los distritos industriales de Lancashire. En las cercanías de Oldham hay tejedores, vulgares tejedores a mano, que emplean sin cesar la lanzadera, y tienen abierto sobre el telar un ejemplar de los Principia de Newton que hojean durante las horas de trabajo y leen con atención en las comidas o por las noches. Muchos obreros de las fábricas de habla vulgar y aspecto común se plantean con interés problemas matemáticos y los estudian con la mayor concentración. Tal vez resulte menos sorprendente que las ramas más interesantes y populares de la historia natural tengan devotos seguidores en los miembros de esta clase social. Hay entre ellos botánicos tan familiarizados con el sistema de Linneo como con el natural, que conocen el nombre y el hábitat de todas las plantas de los alrededores de su ciudad; que roban un día de fiesta cuando una planta concreta está en flor, meten su sencilla comida en un pañuelo y se ponen en camino con el único propósito de llevar a casa la humilde hierba. Hay entomólogos, a quienes puede verse con una red de aspecto tosco, dispuestos a atrapar cualquier insecto alado, o con una especie de rastrillo con el que dragan los estanques verdes y fangosos; son hombres prácticos, inteligentes y trabajadores que estudian cada nuevo espécimen con auténtico placer científico. Y no son precisamente las especialidades más comunes y evidentes de la entomología y la botánica las que atraen a estos serios buscadores de conocimientos. Tal vez el motivo de que los obreros de Manchester hayan estudiado con tanta atención las dos grandes y hermosas familias de las efímeras y las frigáneas, que por lo demás han escapado al interés de los científicos, sea que la festividad de Pentecostés cae a menudo en mayo o en junio. Si el lector acude al prefacio de la Vida de sir J. E. Smith[11] (no la tengo ahora aquí, de lo contrario, transcribiría el pasaje exacto), verá que refiere una circunstancia que corrobora lo que acabo de decir. En cierta ocasión en que fue a visitar a Roscoe[12] a Liverpool, se interesó por el hábitat de una planta muy rara que supuestamente crecía en algunos lugares de Lancashire. El señor Roscoe no había oído hablar de la planta, pero afirmó que si alguien podía suministrarle la información deseada tenía que ser un tejedor manual de Manchester cuyo nombre le dio. Sir J. E. Smith fue en barco a Manchester y al llegar a la ciudad preguntó al mozo de cuerda que le llevaba el equipaje si podía darle la dirección de aquel hombre.


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