Mary Barton

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—Oh, sí —replicó el hombre—. Ambos compartimos la misma afición.

Luego resultó que tanto el mozo de cuerda como su amigo el tejedor eran expertos botánicos capaces de procurar a sir J. E. Smith la información que necesitaba.

Tales son los gustos y las distracciones de los pensativos y poco comprendidos obreros de Manchester.

El abuelo de Margaret era uno de ellos. Era un anciano menudo y enjuto que se movía con gestos bruscos, como si sus extremidades las accionara un resorte parecido a los de los juguetes infantiles; el cabello castaño, fino y suave le crecía a los lados y por detrás de la cabeza; su frente era tan amplia que parecía equilibrar el resto de su rostro, cuyo contorno natural se había desdibujado por la falta de dientes. Sus ojos brillaban con una inteligencia tan aguda y observadora que casi daban la impresión de ser los de un mago. De hecho todo el cuarto parecía la morada de un mago. En lugar de cuadros, en las paredes había toscos marcos de madera con insectos empalados; la mesita estaba cubierta de libros cabalísticos y junto a ellos había un maletín de misteriosos instrumentos, uno de los cuales estaba utilizando Job Legh cuando entró su nieta.


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