Mary Barton

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—Sin embargo, los hechos han demostrado, y siguen demostrando a diario, que es mejor que cada cual vele por sus propios intereses y no dependa de la ayuda ajena —dijo pensativo el señor Carson.

—No se pueden calcular los hechos como si fuesen números y decir que, dados dos hechos, el producto es tal o cual. Dios ha otorgado a los hombres sentimientos y pasiones con los que no se puede contar porque son inciertos y cambiantes. Dios también ha hecho débiles a algunos, y no solo en un sentido, sino en todos. Uno es débil de cuerpo, otro de cabeza, a otro le falta tenacidad y un cuarto no sabe distinguir el bien del mal, o, si sabe, le falta la decisión necesaria para obrar con rectitud. En mi opinión, los fuertes tienen la obligación de ayudar a los débiles… ¡y al demonio con los hechos! Le pido perdón, señor; no sé explicarme bien. Soy como un grifo que no funciona y que no hace más que gotear, por lo que uno no ve la fuerza que lo impulsa desde dentro.

A Job le entristecía su impotencia para expresarse cuando sus sentimientos eran tan claros y fuertes.

—Lo que dice es muy cierto, sin duda —replicó el señor Carson—, pero ¿por qué reprochárselo a los patronos… en mi caso particular? —añadió solemnemente.


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