Mary Barton

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—No soy lo bastante erudito para discutírselo. Se me ocurren cosas que sé que son tan ciertas como el Evangelio, aunque tal vez no se deduzcan unas de otras como el Q.E.D[117]. de una proposición. Los patronos lo tienen sobre su conciencia… Usted lo tiene sobre la suya y tendrá que responder ante Dios si ha hecho o no todo lo posible para aliviar los males que siempre parecen cernerse sobre los negocios con los que ha hecho fortuna. Gracias a Dios, no es asunto mío. John Barton se planteó la pregunta y su respuesta fue ¡NO! Eso le amargó y enfureció, y acabó volviéndose loco; su locura le empujó a cometer un pecado terrible y le sumió en una gran aflicción de la que se arrepintió con lágrimas de sangre, y estoy seguro de que cumplirá su penitencia dócil y humildemente en el otro mundo. Jamás he visto un arrepentimiento más amargo que el suyo la otra noche.

Hubo un silencio de varios minutos. El señor Carson se había tapado la cara con las manos y parecía haberse olvidado totalmente de la presencia de Jem y Job, pero ellos no quisieron molestarlo saliendo de la sala.

Por fin dijo, sin mirarles a los ojos.

—Gracias a los dos por venir… y por hablarme con tanta sinceridad. Me temo, Legh, que ni usted ni yo nos hemos puesto de acuerdo sobre la capacidad o falta de capacidad de los patronos para remediar los males que aquejan a los obreros.


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