Mary Barton

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—No es mi intención contrariarle en un momento así, señor; pero yo no hablaba de esa falta de capacidad; lo que nos duele es la falta de disposición a ayudarnos a sufrir esos males que azotan de vez en cuando las fábricas como si fuesen plagas, mientras vemos que los patronos pueden dejar de trabajar sin dolor. Si les viéramos intentando buscar una solución, aunque tardaran en hacerlo, incluso aunque no lo consiguieran, y al final se limitaran a decir: «Pobre gente, lo sentimos mucho, hemos hecho lo que hemos podido y no hemos encontrado un remedio», lo resistiríamos como hombres hechos y derechos. Hasta que lo hayan intentado, nadie sabrá lo que somos capaces de soportar si creemos que hay quien se preocupa por nosotros y quien está dispuesto a ayudarnos, si está en su mano hacerlo. Si nuestros semejantes no pueden ofrecer más que lágrimas y palabras de consuelo, cargaremos con los trabajos que nos mande Dios: sabemos lo mucho que nos ama y no dudaremos en ponernos en sus manos. Dice que nuestra conversación no ha servido de nada. Yo digo que sí. Comprendo cómo ven ustedes las cosas. Así, cuando llegue el momento de juzgarle, no pensaré: «¿Ha obrado bien en mi opinión?», sino: «¿Ha obrado bien en su opinión?». En ese sentido sí ha sido útil nuestra conversación. Soy viejo y es posible que no volvamos a vernos, pero rezaré por usted y pensaré en las difíciles situaciones a las que habrá de enfrentarse de ahora en adelante: tanto a la de su enorme riqueza, como a la cruel muerte de su hijo; y pediré a Dios que le bendiga a usted ahora y siempre. Amén. Amén. ¡Adiós!


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