Mary Barton

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Jem había observado una discreción digna y viril desde que había declarado con franqueza todo lo que sabía. Ahora los dos hombres se levantaron e hicieron una reverencia, mirando al señor Carson con la profunda condolencia que es inevitable sentir por quien ha sufrido y perdonado una gravísima ofensa, y se ha esforzado, de forma tan evidente como él, por sobrellevar su aflicción como un hombre.

Les respondió inclinando a su vez la cabeza. Luego se adelantó de pronto y les estrechó la mano; y así, sin decir una palabra más, se despidieron.

Hay etapas en la contemplación y superación de una gran pena que dotan a los hombres de la misma gravedad y claridad de miras que en algunos antiguos adoptaba la forma de la profecía. Llega un momento, para quienes tienen la capacidad de amar y sufrir, unida a una gran capacidad de aguante, en que dejan de considerar su caso personal para considerar la naturaleza de su calamidad y el remedio (si es que lo hay) para que a otros no les ocurra como a ellos.

De ahí los bellos y nobles esfuerzos que salen de cuando en cuando a la luz, y que hacen continuamente quienes se han visto una vez en la cruz para que otros no sufran el mismo dolor; es una de las más nobles finalidades que puede tener la desdicha: el que sufre se debate con el mensajero divino hasta que deja una bendición, no solo para una persona, sino para generaciones.


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