Mary Barton
Mary Barton Cerca de Manchester hay unos campos, bien conocidos por sus habitantes como Green Heys Fields, por los que discurre un sendero público hasta un pueblecito que se encuentra a unos tres kilómetros de allí. A pesar de que es un terreno llano y bajo, es más, a pesar de la falta de bosques (el gran aliciente habitual de las extensiones de terreno despejadas), poseen un encanto que impresiona incluso al habitante de un distrito montañoso, que ve y siente el efecto del contraste de esos campos, corrientes pero totalmente rurales, con la agitada y populosa ciudad industrial que ha dejado hace menos de media hora. Aquí y allá una granja de color blanco y negro, con sus dependencias dispersas, nos recuerda otras épocas y otras ocupaciones que las que ahora absorben a la población de los alrededores. Aquí pueden presenciarse en cada estación del año las tareas campesinas de la siega del heno, la labranza, etcétera, que tan agradablemente misteriosas resultan para la gente de la ciudad; y aquí el artesano, ensordecido por el estrépito de las voces y las máquinas, puede acudir a escuchar un rato los deliciosos sonidos de la vida rural: los mugidos del ganado, las voces de la lechera y el bullicio y el cacareo de las aves de corral en las antiguas granjas. No es raro, pues, que esos campos sean tan populares y que la gente los visite los días de fiesta; y tampoco sería raro, si el lector pudiera verlas, o yo lograra describirlas correctamente, que ciertas escaleras para saltar una valla fuesen en tales ocasiones un lugar muy concurrido. Cerca hay un estanque muy hondo y cristalino que refleja en sus verdes profundidades los árboles umbrosos que se vencen sobre él para ocultar el sol. El único sitio donde sus orillas se inclinan hacia el agua está junto al corral de una de esas granjas antiguas con fachadas blancas y negras a las que me he referido antes y que se alza en lo alto del campo por donde discurre el sendero público. El porche de la granja está cubierto por un rosal; y en el jardincillo que hay en torno a él prospera una multitud de hierbas y flores anticuadas, plantadas hace mucho tiempo, cuando el jardín era la única farmacia disponible, y a las que se ha dejado crecer con exuberancia: rosas, lavanda, salvia, mirra (para infusiones), romero, claveles y enredaderas, cebollas y jazmines en un orden democrático e indiscriminado. Esa granja y ese jardín se hallan a unos cien metros de las escaleras de las que he hablado antes, y que conducen de los pastizales a otro campo más pequeño, dividido por un seto de espino y espino negro; y cerca de ellas, al otro lado, corre un riachuelo donde a menudo pueden encontrarse prímulas y, de vez en cuando, sobre la herbosa orilla, la dulce violeta azul.