Norte y sur
Norte y sur Margaret subió a la antigua habitación de las niñas, en la última planta de la casa, donde Newton estaba ocupada preparando algunos encajes que hacían falta para la boda. Mientras ella iba a sacar los chales (no sin refunfuñar entre dientes), que ya se habían enseñado tres o cuatro veces aquel día, Margaret miró a su alrededor: aquélla era la primera habitación de la casa que había conocido hacía nueve años cuando la llevaron, recién salida del bosque, a compartir el hogar, los juegos y las clases de su prima Edith. Recordaba el aspecto oscuro y lúgubre de la habitación, presidida por una niñera austera y ceremoniosa que estaba obsesionada con las manos limpias y los vestidos rotos. Recordó la primera cena allí arriba, mientras su padre y su tía cenaban en algún sitio al que se llegaba bajando un número de escaleras infinito; pues a no ser que ella estuviera en el cielo (había pensado la niña), ellos tenían que estar en el fondo de las entrañas de la tierra. En casa, antes de que fuera a vivir a Harley Street, el vestidor de su madre era también su cuarto; y como en la rectoría rural se recogían temprano, Margaret siempre cenaba con sus padres. ¡Ay! Qué bien recordaba la joven de dieciocho años alta y majestuosa las lágrimas que había derramado acongojada la niñita de nueve aquella primera noche con la cara oculta debajo de las sábanas; y cómo le había dicho la niñera que no llorara porque despertaría a la señorita Edith; y cómo había seguido llorando con la misma amargura aunque más quedamente hasta que su tía, bella y elegante, a quien acababa de conocer, había subido las escaleras con el señor Hale sin hacer ruido para que él viera a su hijita durmiendo. La pequeña Margaret había silenciado entonces sus sollozos procurando hacerse la dormida para no disgustar a su padre con su pena, que no se atrevía a mostrar delante de su tía y que creía que estaba mal sentir después de la larga espera y de los planes y arreglos que habían tenido que hacer en casa para que pudiera disponer de un guardarropa en consonancia con unas circunstancias más elevadas, y antes de que papá pudiera dejar la parroquia para ir a Londres aunque sólo fuera unos días.