Norte y sur

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Capítulo VIII

Añoranza

Y es el hogar, hogar, hogar,

el hogar es lo que anhelo[12].

Fue necesario el precioso y alegre empapelado de las habitaciones para que aceptaran Milton. Pero hacía falta más, algo que no podían tener. Habían llegado las densas nieblas amarillentas de noviembre, y la vista de la llanura del valle que formaba el amplio recodo del río estaba completamente tapada cuando la señora Hale llegó a su nuevo hogar.

Margaret y Dixon se habían pasado dos días trabajando, sacando las cosas y colocándolas, pero todo en el interior de la casa parecía aún en desorden; y fuera, una niebla cerrada llegaba hasta las mismas ventanas y entraba por todas las puertas abiertas en sofocantes espirales blancas de vaho malsano.

—¡Oh, Margaret! ¿Tenemos que vivir aquí? —preguntó la señora Hale con perpleja consternación.

El corazón de Margaret se hacía eco del triste tono de la pregunta. A duras penas consiguió dominarse para decir:

—¡Te aseguro que las nieblas de Londres son mucho peores a veces!

—Pero allí sabes que la ciudad y los amigos están detrás. Aquí… ¡Bueno! Aquí estamos solos. ¡Ay, Dixon, vaya un lugar!


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