Norte y sur

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El razonamiento divirtió e irritó a Margaret. No estaba segura de que fuera a ir a un sitio donde le daban permiso como si de un favor se tratara. Pero cuando llegaron a la esquina de la calle Frances, la chica se detuvo un momento y le dijo:

—No se olvide de que tiene que venir a vernos.

—Sí, sí —dijo el padre con impaciencia—. Vendrá. Ahora está un poco estirada porque cree que yo debía haber hablado con más cortesía; pero se lo pensará mejor y vendrá. Leo en su preciosa cara orgullosa como si fuera un libro. Vamos Bess; está sonando la sirena de la fábrica.

Margaret se fue a casa, pensando asombrada en sus nuevos amigos y sonriendo por lo bien que había comprendido el hombre lo que estaba pensando ella. A partir de aquel día, Milton le pareció un lugar más luminoso. Y no era por los días largos, frescos y soleados de primavera, ni porque hubiera empezado a aceptar la ciudad en que vivía con el tiempo. Era que había encontrado un interés humano.



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