Norte y sur

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Mary Higgins, la desaliñada hermana menor, se había esforzado todo lo posible por arreglar la casa para la visita esperada. Había fregado con asperón el centro del suelo, pero junto a las paredes y debajo de las sillas las losas conservaban el tono oscuro de la suciedad. Hacía un día caluroso, pero ardía un buen fuego en la chimenea y la casa parecía un horno. Margaret no sabía que el esplendoroso fuego era una muestra de cordialidad por parte de Mary y creyó que tal vez el calor agobiante fuera necesario para Bessy. Ésta descansaba en un diván pequeño, colocado junto a la ventana. Se encontraba mucho más débil que el día anterior, y agotada de alzarse cada poco para ver si llegaba Margaret. Y ahora que Margaret ya había llegado y se había sentado en una silla a su lado, Bessy se recostó en silencio, contemplando satisfecha la cara de Margaret y tocando sus prendas de vestir con infantil admiración por la fina textura.

—Nunca había comprendido por qué a la gente de la Biblia le gustaban las vestiduras delicadas. Pero tiene que ser agradable vestir como usted. Es distinto de lo corriente. Mucha gente fina me agota la vista con sus colores. Pero los suyos me alivian, no sé por qué. ¿Dónde se compró este vestido?

—En Londres —contestó Margaret, muy divertida.

—¡Londres! ¿Ha estado en Londres?


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