Norte y sur

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—No sé. Algunos tienen una rueda grande a un lado del taller de cardado que hace una corriente y se lleva el polvo; pero esa rueda cuesta un montón de dinero, unas quinientas o seiscientas libras, y no da beneficios; así que pocos patronos la ponen; y me han contado que algunos obreros no querían trabajar en los sitios donde había una rueda porque decían que les daba hambre, después de que se habían acostumbrado a tragar la pelusa y que tenían que subirles los salarios si querían que trabajaran en esos sitios. Así que entre los patronos y los trabajadores, las ruedas se quedaron en nada Yo sólo sé que ojalá hubiera habido una en nuestro taller.

—¿Y tu padre lo sabe? —le preguntó Margaret.

—¡Claro! Y lo siente muchísimo. Pero nuestra fábrica era muy buena en conjunto; y la gente muy seria, y mi padre tenía miedo de dejarme ir a un sitio extraño, porque, aunque ahora nadie lo diría, muchos me consideraban una chica bastante guapa. Y no me gustaba que me creyeran floja y débil, y había que pagar la escuela de Mary, decía mi madre, y mi padre siempre ha sido aficionado a comprar libros y a ir a conferencias, todo lo cual cuesta dinero, así que yo seguí trabajando hasta que ya no me podré quitar nunca el zumbido de los oídos ni la pelusa de la garganta en la vida. Eso es todo.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Margaret.

—Diecinueve haré en julio.


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