Norte y sur
Norte y sur —¡Lo sé! ¡Lo sé! —dijo ella gimiendo y moviendo la cabeza de un lado a otro inquieta—. Soy muy malvada. He hablado con maldad. Oh, no se asuste de mà y deje de venir. No le tocarÃa un pelo de la cabeza. Y creo —añadió, abriendo los ojos y mirando sinceramente a Margaret— más que usted quizá en lo que pasará. He leÃdo el Apocalipsis hasta aprendérmelo de memoria y cuando estoy despierta y en mi sano juicio nunca dudo de toda esa gloria a la que llegaré.
—No hablemos de las cosas que se te ocurren cuando estas con fiebre. PreferirÃa que me contaras algo de lo que hacÃas cuando estabas bien.
—Creo que estaba bien cuando murió mi madre, pero más o menos desde entonces no he vuelto a estar bien del todo. Empecé a trabajar en la sala de cardado poco después, y la pelusa se me metió en los pulmones y me envenenó.
—¿Pelusa? —preguntó Margaret con curiosidad.
—Pelusa —repitió Bessy—. Trocitos pequeños que se sueltan del algodón cuando lo cardan y llenan el aire hasta que parece polvo blanco fino. Dicen que rodea los pulmones y los exprime. El caso es que hay muchos que trabajan en la sala de cardado que se consumen, tosiendo y escupiendo sangre porque están intoxicados por la pelusa.
—Pero ¿no pueden evitarlo? —preguntó Margaret.