Norte y sur

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A partir de aquel día, la señora Hale se convirtió en una enferma cada vez más doliente. Se acercaba el aniversario de la boda de Edith y Margaret recordó el cúmulo de problemas del año transcurrido, preguntándose cómo habían podido soportarlos. Si hubiera podido imaginarlos, habría retrocedido horrorizada y se habría escondido del futuro. Y sin embargo, día a día había sido de suyo y por sí mismo muy soportable: puntos brillantes e intensos de verdadera alegría centelleaban entre las penas. Hacía un año, o cuando regresó a Helstone y advirtió silenciosamente el humor quejumbroso de su madre, hubiera gemido amargamente ante la idea de tener que soportar una larga enfermedad en un lugar extraño, inhóspito y ajetreado, con menos comodidades en todos los sentidos de la vida familiar. Pero con el aumento de graves y justos motivos de queja, había surgido en el ánimo de su madre un nuevo género de paciencia. Se mostraba delicada y tranquila con el intenso dolor físico casi en proporción a lo inquieta y abatida que se había mostrado cuando no existía ninguna verdadera causa de aflicción. El señor Hale se hallaba exactamente en esa etapa de aprensión que adopta la forma de ceguera voluntaria en los hombres de su carácter. Margaret nunca le había visto irritarse tanto como ahora ante la manifiesta preocupación de su hija.



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