Norte y sur
Norte y sur —La verdad, Margaret, te estás volviendo muy fantasiosa. Bien sabe Dios que yo serÃa el primero en alarmarme si tu madre estuviera realmente enferma; siempre nos dábamos cuenta de cuando tenÃa dolores de cabeza en Helstone sin que nos lo dijera siquiera. Se pone muy pálida y muy blanca cuando está enferma. Y ahora tiene el mismo color vivo saludable en las mejillas que cuando la conocÃ.
—Pero papá, creo que es el rubor del dolor —dijo Margaret vacilante.
—TonterÃas, Margaret. Te aseguro que eres demasiado fantasiosa. Creo que eres tú quien no está bien. Llama mañana al médico para que te vea; y luego, si eso te tranquiliza, que vea también a tu madre.
—Gracias, querido papá. SÃ, me quedaré más tranquila.
Se acercó a él para darle un beso. Pero él la apartó, con delicadeza, por supuesto, pero aun asà como si le hubiera sugerido ideas desagradables de las que le complacerÃa librarse en cuanto pudiera hacerlo también de su presencia. Paseó de un lado a otro de la habitación, con inquietud.